En un movimiento que muchos califican como una jugada desesperada por retomar poder y oxígeno político, el controvertido Clan Aguilar ha desembarcado en el Partido Liberal, partido que durante años fue su rival directo en Santander. Con Richard Aguilar lanzando su candidatura al Senado bajo el aval rojo, y su hermano Mauricio haciendo campaña junto al senador Jaime Durán Barrera, el clan vuelve a la escena política nacional, aunque profundamente dividido y cargando un pesado lastre judicial.
Con un proceso judicial activo por presuntos hechos de corrupción durante su mandato como gobernador, Richard Aguilar intenta maquillar su retorno con la publicación de un libro y un discurso de victimización. Su renuncia al Senado en 2021, precisamente para evadir una investigación de la Corte Suprema, hoy parece haber sido solo una jugada de cálculo político. Ahora regresa, no solo sin resolver sus cuentas con la justicia, sino con el aval del Partido Liberal, gracias a una alianza sellada con Simón Gaviria, hijo del expresidente César Gaviria.
Su fórmula al Senado es Christian Argüello, joven barranqueño e hijo del polémico contratista Jorge Argüello, alias “El bachiller”, mencionado por la JEP por presuntos vínculos con grupos armados ilegales y reconocido financiador de campañas políticas en la región. La supuesta “renovación” liberal viene, entonces, con apellidos cargados de sombra.
La división interna no es nueva para los Aguilar. Mientras Richard se abraza al liberalismo centralista en Bogotá, su hermano Mauricio recorre los municipios de Santander respaldando al viejo cacique local Jaime Durán Barrera. Una foto juntos en campaña bastó para confirmar que el clan llega fragmentado, sin una estrategia común, y dispuesto a jugar en varias canchas para no quedarse por fuera del Congreso.
Intentos del patriarca Hugo Aguilar condenado por parapolítica y hoy investigado por enriquecimiento ilícito por unir a sus hijos en una candidatura conjunta, fracasaron. La ruptura recuerda otros episodios de división dentro del clan, como en 2015, cuando esta misma falta de cohesión facilitó la victoria de Didier Tavera en la Gobernación.
El aterrizaje de los Aguilar en el Partido Liberal, tras haber pasado por Convergencia Ciudadana, La U, Cambio Radical y el Partido Conservador, confirma que en la política regional los principios importan poco. Lo que prima es la capacidad de reciclarse, negociar avales y sostener cuotas de poder a cualquier costo.
Que un partido como el Liberalismo, con más de un siglo de historia, reciba con los brazos abiertos a figuras cuestionadas, demuestra su degradación ética y la pérdida de rumbo ideológico. En lugar de renovarse, se acomoda a las lógicas clientelistas y al oportunismo de clanes que usan los partidos como vehículos para seguir vigentes, aún cuando enfrentan investigaciones y condenas.
El regreso del Clan Aguilar al tablero electoral no representa una renovación, sino un intento de blanquear trayectorias políticas marcadas por escándalos y dudosas alianzas. Lo que está en juego no es solo una curul en el Congreso, sino la forma en que se sigue entendiendo la política en Santander: como un negocio de familia, donde los partidos son intercambiables y el poder se hereda, no se gana por mérito.
La ciudadanía tendrá la última palabra. Pero este retorno debería encender las alarmas: la política no puede seguir siendo el refugio de quienes aún tienen cuentas pendientes con la justicia y pretenden que la impunidad se convierta en plataforma electoral.

