La crisis de seguridad en el Catatumbo sigue escalando y sus efectos ya no solo se sienten en tierra. Esta vez, el golpe llegó al aire. La aerolínea estatal SATENA decidió suspender los vuelos entre Cúcuta y Tibú, una ruta vital para una de las regiones más golpeadas por el conflicto.
La medida responde a un deterioro evidente del orden público. En el Catatumbo, la presencia de grupos armados ilegales, las amenazas constantes y los hechos de violencia han convertido la operación aérea en un riesgo difícil de sostener. Volar, en este contexto, dejó de ser una opción segura.
Pero la suspensión va mucho más allá de un tema logístico. Para muchas comunidades, esta ruta no representaba comodidad, sino supervivencia. Era la vía más rápida para acceder a servicios médicos, cumplir compromisos laborales o atender situaciones humanitarias urgentes. Sin vuelos, la única alternativa vuelve a ser la carretera, donde los riesgos son tan altos como impredecibles.
Lo más preocupante es la falta de claridad sobre el futuro. No hay una fecha definida para el regreso de la operación, y todo depende de una mejora en las condiciones de seguridad que, hasta ahora, no muestra señales concretas. En otras palabras, el aislamiento se profundiza.
La decisión deja en evidencia una realidad incómoda: en el Catatumbo, el Estado sigue llegando a medias. Cuando la violencia crece, los servicios se retiran. Y al final, quienes pagan el precio no son los grupos ilegales, sino los ciudadanos que ven cómo, una vez más, se les cierran las pocas puertas que tenían para conectarse con el resto del país.

