La detención de una caravana de camionetas de la UNP en un retén militar de Anorí, Antioquia, parecía al menos en el papel un procedimiento rutinario. Sin embargo, el operativo terminó destapando uno de los escándalos más delicados de los últimos años: presuntas filtraciones desde las más altas esferas del Estado hacia las disidencias del Estado Mayor Central, entre ellas el grupo liderado por alias Calarcá.
Según la información revelada por el Ministerio de Defensa, de un portátil incautado surgieron archivos explosivos: chats, correos y documentos reservados que apuntarían a una posible red de colaboración entre actores estatales y estructuras armadas ilegales. El ministro Pedro Sánchez afirmó que ya dio la orden de abrir investigaciones internas y destacó que la Fiscalía y la comunidad de inteligencia están trabajando de manera conjunta para esclarecer los hechos. Subrayó, además, que la transparencia y la legitimidad deben ser “pilares fundamentales para la seguridad del país”.
El material encontrado no solo compromete a los cuatro presuntos disidentes que viajaban con estatus de “gestores de paz”. Los documentos mencionan a figuras que, de confirmarse su participación, elevarían esta crisis a un nivel institucional. Entre los nombres figura el del general (r) Juan Miguel Huertas, quien, según las versiones derivadas del material incautado, habría propuesto crear una fachada empresarial para permitir a los disidentes movilizarse armados y en vehículos blindados con permisos legales.
También aparece señalado un funcionario de la Dirección Nacional de Inteligencia, Wilmar Mejía, presuntamente vinculado a filtraciones de información delicada que habría permitido a la organización armada evadir operativos, anticipar movimientos militares y asegurar rutas estratégicas.
Aunque se trata de información en proceso de verificación, la sola posibilidad de que agentes del Estado hayan colaborado con un grupo armado que continúa reclutando, extorsionando y afectando a comunidades enteras ya genera un impacto político y social profundo.
El escándalo tuvo un efecto inmediato en el escenario público. El Ministerio de Defensa abrió una investigación interna, mientras sectores de oposición exigen respuestas y responsabilidades políticas. Incluso advierten que, si las acusaciones se confirman, el país podría estar frente a un golpe institucional sin precedentes.
La Fiscalía tampoco ha escapado al escrutinio: la liberación casi inmediata de los disidentes capturados en el retén, bajo el argumento de que eran “gestores de paz”, provoca cuestionamientos sobre la coherencia y transparencia en el manejo del caso.
Este episodio deja al descubierto una verdad incómoda: la fragilidad de las instituciones frente a la infiltración criminal. Si los documentos son auténticos y las investigaciones avanzan hacia confirmaciones, el país no solo enfrentará un problema de corrupción individual, sino una crisis estructural de seguridad y confianza en el aparato estatal.
Los archivos encontrados en ese retén rural que parecía un trámite más en una región golpeada por el conflicto se han convertido en la punta de un iceberg que mezcla intereses políticos, poder, silencio y armas. Y, como suele ocurrir en Colombia, cuando emergen documentos así, rara vez son un hecho aislado: casi siempre revelan un entramado más profundo y oscuro que aún está por desenredarse.
El desafío ahora es que el Estado demuestre que puede investigarse a sí mismo con rigor, sin impunidad y sin miedo a que sus propias sombras salgan a la luz.

