Ingrid Betancourt y Juan Carlos Pinzón no se juntaron por casualidad ni por afinidades políticas que surgieron en un café. No. Detrás de este nuevo romance político hubo un “cupido” de alto calibre: Álvaro Uribe Vélez.
La historia, como la contó Ingrid, comenzó en un momento de crisis personal y nacional. Dice que estaba frustrada, deprimida, viendo al país derrumbarse y pidiéndole a Dios una señal. Y vaya señal: al día siguiente sonó su teléfono. Al otro lado, un “amigo en común” que quería presentarle a Juan Carlos Pinzón. Ese amigo no era cualquiera, era el expresidente Uribe, el padrino inesperado de esta unión.
Pinzón exministro de Defensa, exembajador, hombre del establecimiento hasta la médula escuchó a Ingrid, la mujer que vivió la guerra en carne propia y regresó al país con la bandera de la moral y la ética. Ella lo interrogó como si estuviera en un confesionario político. Pero mientras él hablaba, algo hizo clic. Según Ingrid, ahí entendió que esa era la respuesta que tanto había pedido “de arriba”.
El encuentro fue virtual, pero la alianza terminó sellándose con un evento lleno de luces, discursos y patriotismo bogotano. Verde Oxígeno, el partido que Ingrid fundó hace décadas y con el que ella misma fue candidata antes de ser secuestrada, ahora le abre el camino a Pinzón para que busque la Presidencia en 2026 sin tener que recoger firmas ni pelear por avales. Una bendición logística, digamos.
Pinzón no se quedó callado: confirmó que, sí, Uribe fue el puente. Sin rodeos. Fue el expresidente quien lo llamó, quien insistió, quien vio en él una ficha para la gran jugada que se cocina desde la derecha para 2026: la famosa unidad “por la libertad”, el orden, la seguridad y el país que según ellos hay que rescatar.
Esto no nació de la nada. Desde agosto ya se rumoraba el acercamiento, y Uribe había salido a defenderlo: que Pinzón trabajó con él, que luego fue ministro del gobierno Santos, pero que hay que superar prevenciones, que lo que importa ahora es ganar en 2026 y “recuperar la democracia”.
Todo suena a estrategia quirúrgica: unir fuerzas, reordenar fichas, tomar distancia emocional del centro y la izquierda, y entrar a la próxima campaña con perfume de coalición regeneradora. Suena a Uribe moviendo tablero. Suena a Betancourt reviviendo su proyecto político con una jugada inesperada. Suena a Pinzón encontrando su vehículo sin tener que ensamblarlo desde cero.
En resumen: rezos, llamadas, recuerdos de guerra, discursos de unidad, y un expresidente operando como maestro de ceremonias desde las sombras o desde el teléfono.
Así, con un apretón simbólico de manos y la bendición del “amigo en común”, quedó sellada la alianza Betancourt–Pinzón. Una unión política que promete, sorprende, incomoda y deja claro que, en Colombia, los caminos de la política son tan misteriosos como los de la fe… y a veces coinciden.

