Colombia se conmovió esta semana con la historia de Ángela Mariño, una joven que enfrentó un cáncer terminal con una fortaleza que trascendió su enfermedad. Antes de acceder al procedimiento de eutanasia, Ángela dejó un último deseo que hoy inspira al país: en su velorio no quería flores, sino donaciones de comida para perros y gatos vulnerables.
En un video grabado junto a una amiga, Ángela expresó con serenidad y ternura su voluntad final. Pidió que quienes asistieran a su despedida llevaran alimento para mascotas y lo entregaran a una fundación. “No sean indiferentes al sufrimiento de los animales. Quiero dejar un legado”, dijo con una calma que hoy estremece a quienes han visto sus palabras. En ese mismo mensaje pronunció la frase que se ha vuelto símbolo de su causa: “Voy a tener mi fundación en el cielo”.
Para ella, las flores aunque hermosas se marchitan, mientras que un bulto de comida puede salvar vidas. Y su despedida fue exactamente como lo imaginó: en lugar de arreglos florales, familiares, amigos y hasta desconocidos llegaron cargados de bolsas y cajas de alimento que luego fueron entregadas a distintos refugios de animales. Las imágenes de la ceremonia parecen más una jornada solidaria que un velorio, un homenaje luminoso a lo que Ángela amaba profundamente.
Su historia no solo ha tocado corazones; también ha abierto conversaciones sobre la empatía, la muerte digna y el poder de un gesto final hecho desde el amor. Aunque Ángela ya no está, su legado permanece: en cada perrito y gatito que reciba alimento gracias a su petición, ella sigue presente.
La fundación que soñó “en el cielo” ya empezó a hacerse realidad aquí en la tierra.

