Dos vidas jóvenes se apagaron de forma repentina en escenarios donde deberían estar a salvo: sus colegios. Jhonatan Andrés Amado García, de tan solo 9 años, falleció tras sufrir un derrame cerebral mientras estaba en clase en Codazzi, Cesar. Días después, en Santa Marta, Orianis Acosta, una niña de 13 años, murió repentinamente por un infarto fulminante durante su jornada escolar. Ambos casos dejaron una estela de dolor, preguntas sin respuesta y una gran incertidumbre: ¿qué está pasando con nuestros niños?
Estas tragedias no pueden seguir viéndose como hechos aislados o simplemente como noticias que conmueven por un día y se olvidan al siguiente. Es urgente ir más allá de la tristeza y comenzar a cuestionar seriamente si como sociedad estamos haciendo lo necesario para proteger la salud integral de la niñez.
¿Cuántos colegios están preparados para atender emergencias médicas de este tipo? ¿Qué controles de salud se realizan con regularidad a los estudiantes? ¿Cómo estamos abordando los factores de estrés, alimentación, y condiciones físicas en edades escolares? Estas muertes, tan dolorosas como inexplicables, evidencian brechas en el sistema de salud escolar, pero también abren la puerta a una reflexión más profunda.
La infancia debería ser sinónimo de vitalidad, de juego, de aprendizaje, no de diagnósticos médicos desconocidos o muertes súbitas. Sin embargo, estamos viendo a niños y niñas colapsar dentro de un salón de clases, y lo más alarmante es que no sabemos por qué.
Si bien es cierto que algunas condiciones médicas pueden presentarse sin previo aviso, también lo es que en muchos casos la prevención salva vidas. Pero, ¿estamos haciendo prevención? ¿Están los colegios y padres informados sobre señales de alerta? ¿Cuentan los planteles educativos con personal capacitado para actuar ante una crisis médica?
Estos casos deben impulsarnos a exigir protocolos claros, exámenes médicos periódicos obligatorios, capacitación para docentes en primeros auxilios y una red de atención que reaccione en segundos, no en horas. No podemos resignarnos a perder más niños sin comprender qué está fallando.
La muerte de Jhonatan y de Orianis no debe ser en vano. Que su partida tan temprana nos convoque a actuar con urgencia. Que el duelo se transforme en compromiso. Porque un país que no cuida a sus niños, simplemente está condenando su futuro.

